

Por: Ing. Alfonso Velázquez (Ex ministro Producción y ex presidente de Sierra Exportadora)
El Perú está decidiendo cómo salir —o quedarse— en la pobreza.
A pocas horas de una nueva elección, el país enfrenta una verdad incómoda que no podemos seguir ignorando: cerca del 40% de nuestra población vive en situación de pobreza. No es solo una cifra, es un llamado urgente. Y frente a ello, debemos ser claros: no existe atajo político, ni decreto milagroso, ni programa asistencial que por sí solo cambie esta realidad de manera sostenible.
La única salida real y duradera es producir.
Durante décadas, hemos confundido alivio con solución. La ayuda humanitaria es necesaria en momentos críticos, pero no transforma economías. Los subsidios pueden contener, pero no generan riqueza. Seguimos atrapados en un Estado que asiste, pero no transforma. Si queremos cambiar el destino del país, debemos cambiar el enfoque: pasar de una lógica asistencial a una lógica productiva.
El Perú necesita un nuevo modelo de desarrollo: dinámico, inclusivo y profundamente conectado con el mercado. Un modelo que entienda que la verdadera política social es aquella que genera oportunidades económicas reales para las familias. No se trata de regalar, sino de habilitar; no se trata de depender, sino de emprender.
Nuestro país tiene todo para lograrlo. Poseemos una diversidad productiva única, una ubicación estratégica y una población emprendedora que, incluso en condiciones adversas, ha demostrado una enorme capacidad de resiliencia. Lo que ha faltado es un Estado que articule, que acompañe y que potencie ese esfuerzo.
La revolución que necesitamos es una revolución productiva.
Esto implica alinear la producción nacional con lo que demandan los mercados globales, regionales y locales. Significa apostar por cadenas de valor, por asociatividad, por innovación. Pero también implica algo fundamental: brindar los soportes necesarios para que producir sea viable y competitivo.
Financiamiento oportuno, no créditos inaccesibles. Capacitación pertinente, no programas desconectados de la realidad. Asistencia técnica de calidad, no intervenciones improvisadas. Acceso a mercados, no barreras burocráticas. Ese es el verdadero rol del Estado: ser facilitador del desarrollo, no obstáculo.
Además, debemos entender que la inclusión productiva no es solo económica, es también social. Cuando una familia accede a ingresos dignos a través de su propio esfuerzo, se fortalece su autonomía, mejora su calidad de vida y se rompe el círculo de pobreza de manera estructural.
Hoy, más que nunca, el Perú necesita recuperar la confianza en su capacidad de crecer desde adentro. No podemos seguir esperando soluciones externas ni modelos importados que no responden a nuestra realidad. El desarrollo se construye desde el territorio, desde el productor, desde el emprendedor.
Esta elección no solo define autoridades. Define el rumbo del país. O seguimos administrando la pobreza, o decidimos enfrentarla con decisión, apostando por la producción como motor del cambio.
El Perú no necesita más promesas. Necesita producir. Y producir es gobernar.
Es una prueba
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