

Ayer, mientras el sol caía sobre los locales de votación en Lima Sur, la indignación reemplazaba al deber cívico. En 15 locales y 211 mesas de sufragio, el material electoral simplemente nunca llegó. La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) señaló rápidamente al culpable: la empresa Servicios Generales Gálaga, responsable del transporte. Pero en el mundo de los negocios y la alta finanza, las culpas logísticas son secundarias frente a una realidad mucho más cruda: la fragilidad institucional.
El precio de la espera
Para el Perú, la espera no es solo una cuestión de paciencia, es un costo de oportunidad. Con un proceso electoral fragmentado —el más disperso en los últimos 25 años—, la diferencia entre el segundo y tercer puesto podría ser tan mínima que esos 63,000 votos no emitidos adquieren un peso existencial. ¿Tendremos un duelo de modelos opuestos o una disputa entre matices de una misma visión?
Esa pregunta mantiene el dólar en una tensa calma y las mesas de dinero en modo pausa. Como advirtió recientemente Jorge Zapata, presidente de la CONFIEP, «el dólar es cobarde», y ante la volatilidad, las inversiones tienden a buscar refugio antes que expansión. El riesgo actual no es solo quién ganará, sino si el perdedor aceptará el resultado bajo la sombra de estas irregularidades.
El fantasma de julio: ¿Campaña comercial o parálisis?
En las oficinas de planeamiento de los grandes retailers y en los talleres de Gamarra, la preocupación tiene fecha: julio. La campaña de Fiestas Patrias, el pulmón comercial del año, depende de la confianza del consumidor.
Históricamente, el peruano gasta su gratificación cuando siente que el suelo es firme. Sin embargo, el escenario de un gobierno que nazca con cuestionamientos de legitimidad podría transformar el optimismo de julio en un ahorro precavido. La «encrucijada económica», como la denominan gremios regionales en Arequipa y el norte, sugiere un crecimiento que podría estancarse por debajo del 2.7% si la crisis institucional escala.

Una historia de dos mitades
Mientras las misiones internacionales, como la de la Unión Europea, intentan calmar las aguas destacando que el 99.8% de las mesas sí se instalaron, el ciudadano y el empresario ven el vaso medio vacío. En un país donde la gobernabilidad es un recurso escaso, cualquier fisura es una grieta potencial.
Hoy, el Perú no solo cuenta votos; cuenta los días para saber si la economía podrá sacudirse el polvo de una jornada electoral accidentada o si entra en un largo invierno de desconfianza. El veredicto final no lo dará solo el Jurado Nacional de Elecciones, sino el mercado y las decisiones de gasto de millones de peruanos que hoy, más que nunca, miran el futuro con una mezcla de cansancio y cautela.
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