Algoritmos TI «matan» corrupción: Los usos de la tecnología para ejecutar lo que el Estado no ha podido… o no ha querido

Durante años, el Perú ha intentado combatir la corrupción con más normas, más controles y más instituciones. Pero el problema ha persistido. Hoy, una nueva posibilidad emerge: no confiar más en las decisiones humanas… sino reducir su margen de acción.
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En el transcurso de las últimas décadas, la lucha contra la corrupción en el Perú ha seguido un patrón predecible. Frente a cada escándalo, la respuesta ha sido reforzar controles, endurecer sanciones, crear nuevas instancias de supervisión. Más reglas, más oficinas, más procedimientos.

Y sin embargo, el problema no desaparece. No porque falten normas, sino porque el sistema sigue dependiendo, en exceso, de decisiones humanas.

En la contratación pública —el espacio donde se ejecuta gran parte del gasto del Estado— esto es especialmente evidente. Desde la planificación hasta el arbitraje, cada etapa está diseñada con criterios técnicos, pero ejecutada con márgenes de discrecionalidad. Es ahí donde el sistema se vuelve vulnerable.

No se trata de corrupción abierta en todos los casos. Muchas veces, se trata de decisiones que, siendo formalmente válidas, terminan produciendo resultados previsibles: requisitos diseñados con precisión quirúrgica, evaluaciones donde lo técnico se vuelve interpretable, procesos que, sin romper la norma, la utilizan.

El problema no es la ausencia de reglas. Es la capacidad de navegar dentro de ellas.

Frente a ese diagnóstico, la tecnología empieza a perfilarse, no como una herramienta complementaria, sino como un cambio de paradigma.

Menos discrecionalidad, más sistema

El enfoque tradicional parte de una premisa: mejorar a quienes toman decisiones. Capacitar, supervisar, sancionar. Pero la evidencia sugiere que ese camino tiene límites.

El enfoque tecnológico plantea lo contrario: reducir el espacio donde esas decisiones pueden ser manipuladas. No se trata de eliminar al funcionario, sino de rediseñar el sistema en el que opera.

Imaginemos un proceso de contratación donde las bases no se redactan desde cero cada vez, sino que parten de modelos estandarizados que limitan la inclusión de requisitos atípicos. Donde un algoritmo puede detectar, en tiempo real, si una condición técnica aparece con una frecuencia inusual o favorece a un grupo reducido de proveedores.

O evaluaciones donde los criterios están parametrados, donde la ponderación de factores técnicos y económicos sigue reglas predefinidas, y donde cualquier desviación genera una alerta automática.

En ese escenario, la discrecionalidad no desaparece, pero se reduce. Y, sobre todo, queda registrada.

La trazabilidad como antídoto

Uno de los mayores problemas del sistema actual no es que las decisiones sean invisibles, sino que su lógica no siempre es verificable. Se sabe qué se decidió, pero no siempre cómo ni por qué.

La tecnología permite cambiar eso.

Cada etapa del proceso puede convertirse en un rastro digital: quién tomó la decisión?, bajo qué criterios?, con qué información y en qué momento?. No como un registro posterior, sino como parte del propio sistema. Esa trazabilidad no solo facilita la fiscalización. La transforma.

Ya no se trata de investigar después, sino de detectar patrones antes. Procesos que se repiten con los mismos actores, requisitos que aparecen de forma sistemática, evaluaciones que siguen comportamientos atípicos. La corrupción deja de ser un evento aislado y se convierte en un patrón identificable.

El límite de la tecnología

Pero la tecnología no es neutral. Un sistema digital puede reducir la corrupción… o sofisticarla. Puede cerrar espacios de discrecionalidad… o trasladarlos a otro nivel, menos visible.

Si los algoritmos no son transparentes, si los datos no son accesibles, si los sistemas pueden ser manipulados desde dentro, el riesgo no desaparece. Solo cambia de forma. Por eso, la tecnología no puede implementarse como un simple proceso de digitalización. No basta con pasar de lo físico a lo virtual. El verdadero cambio está en el diseño.

Sistemas abiertos, auditables, con reglas claras, donde la lógica del proceso sea tan visible como su resultado. Donde la información no solo esté disponible, sino que pueda ser analizada por múltiples actores.

En otras palabras, donde el control no dependa de una sola institución.

De la reforma institucional a la reforma del sistema

En paralelo a este debate, las propuestas de reducción del Estado y centralización de funciones siguen ganando espacio. Iniciativas impulsadas por candidatos presidenciales apuntan a un aparato público más compacto, con menos ministerios y, potencialmente, menos puntos de decisión.

Pero incluso en ese escenario, la pregunta persiste.

Un sistema más pequeño, sin cambios en su funcionamiento interno, sigue siendo vulnerable. Un sistema más grande, pero bien diseñado, puede ser más eficiente.

La diferencia no está en la estructura. Está en la lógica.

El cambio que no se ve

La tecnología no ofrece una solución inmediata ni visible. No inaugura obras ni genera titulares. Pero puede alterar algo más profundo: la forma en que el Estado toma decisiones.

Reducir la corrupción no pasa únicamente por castigarla, ni siquiera por evitarla en cada caso individual. Pasa por construir sistemas donde sea cada vez más difícil que ocurra. Donde cada decisión deje un rastro, donde cada excepción sea visible, donde cada patrón pueda ser detectado.

Porque al final, la lucha contra la corrupción no es solo un problema político. Es, cada vez más, un problema de diseño. Y en ese terreno, la tecnología puede hacer lo que el Estado, hasta ahora, no ha logrado.

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