

La economía peruana comienza a mostrar señales que hace apenas dos años parecían lejanas. La inversión privada vuelve a acelerar, el empleo formal registra avances sostenidos y los indicadores vinculados a la actividad productiva reflejan una recuperación más sólida de lo previsto. Sin embargo, detrás de estas cifras alentadoras persiste una advertencia que el presidente del Banco Central de Reserva (BCR), Julio Velarde, ha repetido con insistencia: el Perú está creciendo, pero podría estar creciendo mucho más.
Durante una reciente evaluación del desempeño económico del país, Velarde realizó uno de los balances más francos de los últimos años. Su diagnóstico fue contundente: la inestabilidad política y la incertidumbre institucional terminaron convirtiéndose en uno de los principales frenos para la expansión económica.
«No han sido buenos años», resumió el titular del BCR al analizar un periodo marcado por sucesivas crisis políticas, cambios constantes de ministros, enfrentamientos entre poderes del Estado y una creciente pérdida de predictibilidad para los inversionistas.
La afirmación resulta especialmente relevante porque proviene de una de las voces con mayor credibilidad dentro y fuera del país. Para Velarde, el problema no fue únicamente político. La inestabilidad terminó afectando decisiones económicas concretas, retrasando proyectos de inversión, encareciendo costos y debilitando la confianza empresarial.
Durante varios años, empresas nacionales y extranjeras enfrentaron un escenario en el que las reglas podían cambiar rápidamente y donde los interlocutores dentro del Estado se renovaban constantemente. «Nadie sabía con quién conversar», recordó el presidente del BCR al describir la alta rotación de funcionarios y autoridades.
El resultado fue una economía que avanzó por debajo de su potencial justo cuando el contexto internacional ofrecía oportunidades importantes para atraer capitales y acelerar proyectos productivos.
La inversión privada vuelve a tomar protagonismo
La buena noticia es que algunos de esos obstáculos comienzan a disiparse. Según Velarde, la recuperación observada durante los últimos trimestres tiene un protagonista claro: la inversión privada.
Durante el primer trimestre del año, este componente registró una expansión superior al 13%, una de las tasas más elevadas observadas en más de una década si se excluyen los efectos extraordinarios generados por la pandemia.
La cifra tiene especial relevancia porque rompe con una tendencia de varios años de cautela empresarial. Mientras la inversión pública continúa mostrando un desempeño limitado, son los proyectos privados los que están impulsando la recuperación económica.
Los indicadores respaldan esta lectura. El consumo interno de cemento mantiene una trayectoria ascendente, las importaciones de bienes de capital para construcción crecen a tasas de dos dígitos y el empleo formal privado continúa expandiéndose. La masa salarial formal también muestra avances consistentes, fortaleciendo el consumo interno y alimentando un círculo virtuoso para diversos sectores productivos.
Para el sector empresarial, el mensaje es claro: cuando existe una mínima dosis de estabilidad, la inversión responde. La experiencia reciente confirma una realidad que los mercados conocen bien. La confianza no depende únicamente de variables macroeconómicas sólidas. También requiere instituciones predecibles, respeto por las reglas y un entorno político que reduzca la incertidumbre.
Precisamente por ello, Velarde considera que el crecimiento actual podría incluso superar las proyecciones oficiales si el país logra mantener un clima de estabilidad en los próximos años.
El desafío fiscal que se aproxima
Pero no todas las señales son positivas. Uno de los temas que más preocupa al presidente del Banco Central es el deterioro gradual de la disciplina fiscal.
Durante el superciclo de materias primas entre 2006 y 2011, el Perú utilizó gran parte de los recursos extraordinarios para fortalecer la inversión pública, reducir deuda y acumular reservas fiscales. Esa estrategia permitió construir una reputación internacional de prudencia macroeconómica que durante años fue uno de los principales activos del país.
Sin embargo, Velarde advierte que la situación actual es diferente. En los últimos años se ha producido un incremento significativo del gasto corriente del Estado, es decir, recursos destinados al funcionamiento de la administración pública y no necesariamente a proyectos que eleven la productividad o generen crecimiento futuro.
El problema no es menor. Cuando aumenta el gasto permanente sin una expansión equivalente de los ingresos fiscales, el margen de maniobra para enfrentar futuras crisis se reduce considerablemente.
En otras palabras, el próximo gobierno heredará una economía que vuelve a crecer, pero también una estructura fiscal más exigente y menos flexible que la observada en décadas anteriores.
Para los inversionistas, esta será una de las variables clave a monitorear durante los próximos meses. La sostenibilidad fiscal continúa siendo uno de los pilares que respaldan la estabilidad macroeconómica peruana y cualquier señal de deterioro podría afectar la percepción de riesgo país.
La política vuelve a generar ruido
Si la recuperación económica depende de la estabilidad, las recientes declaraciones del líder de Juntos por el Perú, Roberto Sánchez, representan una señal preocupante para los mercados.
Sánchez anunció públicamente que no reconocerá un eventual gobierno encabezado por Keiko Fujimori, argumentando supuestas irregularidades en el proceso de contabilización de votos provenientes del exterior.
Las acusaciones incluyen cuestionamientos al traslado de actas electorales mediante valijas diplomáticas y señalamientos de una presunta manipulación electoral, afirmaciones que hasta el momento no han sido respaldadas por evidencia concluyente ni por pronunciamientos de los organismos electorales.
Más allá del debate político, el impacto económico de este tipo de declaraciones es inmediato. Los mercados financieros suelen reaccionar negativamente ante escenarios en los que actores políticos relevantes cuestionan la legitimidad de los resultados electorales. La experiencia internacional demuestra que la incertidumbre institucional puede traducirse rápidamente en postergación de inversiones, volatilidad cambiaria y mayores costos de financiamiento.
La recuperación observada actualmente descansa, precisamente, sobre una mejora gradual de las expectativas empresariales. Cualquier factor que reintroduzca dudas sobre la gobernabilidad futura podría erosionar parte de esa confianza.
El crecimiento necesita estabilidad
La principal conclusión del mensaje de Julio Velarde es tan simple como poderosa: el Perú tiene capacidad para crecer más.
Los fundamentos macroeconómicos continúan siendo sólidos, la inversión privada vuelve a expandirse y los indicadores productivos muestran un dinamismo que no se observaba desde hace varios años.
Pero también queda claro que el crecimiento no está garantizado. La experiencia reciente demuestra que la incertidumbre política tiene costos económicos reales. Los años perdidos en inversión, productividad y generación de empleo son evidencia de ello.
En momentos en que la economía empieza a recuperar velocidad, el desafío para el próximo gobierno será preservar la estabilidad institucional, contener las presiones sobre el gasto corriente y fortalecer la confianza de los inversionistas.
El Perú parece haber encontrado nuevamente una senda de crecimiento. La pregunta ahora es si la política permitirá recorrerla o volverá a convertirse en el principal obstáculo para avanzar.
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