

Nada ilustra mejor la esquizofrenia política del Perú actual que el reciente estruendo de los motores Pratt & Whitney. En una decisión que ha levantado cejas desde el Pentágono hasta el Palacio de Gobierno en Lima, Perú acaba de sellar la compra de una flota de aviones de combate F-16 a Estados Unidos.
Lo curioso no es solo la millonaria transacción, sino que se concretó a pesar de la resistencia pública del propio presidente peruano. Mientras el Ejecutivo lanzaba dardos retóricos contra la «dependencia del norte», la maquinaria militar y los tecnócratas de la defensa firmaban el cheque por la tecnología de punta de Lockheed Martin. Para Washington, estos aviones no son solo armas; son «anclas» de influencia que amarran al Perú a la esfera de seguridad estadounidense por las próximas tres décadas, sin importar quién se siente en el sillón presidencial.
Sin embargo, esa seguridad en el aire contrasta con el caos en tierra. Con un récord histórico de 35 candidatos compitiendo por la presidencia este abril, el electorado peruano no está dividido; está atomizado.
«No es una democracia; es un supermercado político donde todos los pasillos están en llamas», comenta un diplomático veterano. Con el conteo oficial para el segundo lugar —disputado entre la derecha tradicional y el ascenso de Roberto Sánchez— estancado por una crisis de confianza en la ONPE tras la renuncia de Piero Corvetto, el país vuela en piloto automático mientras espera los resultados oficiales.
Mientras los F-16 estadounidenses se preparan para patrullar los cielos, en la costa, las enormes grúas del Megapuerto de Chancay se elevan como monumentos de acero a la ambición china.
Para el Comando Sur de EE. UU., esta es la paradoja definitiva: un país que compra aviones de combate estadounidenses para proteger su soberanía, pero que le entrega las llaves de su logística comercial a Pekín. Washington teme que un Perú políticamente fracturado —especialmente uno liderado por un gobierno escéptico como el que propone Sánchez— convierta a Chancay en la puerta de entrada definitiva para que la influencia china eluda el Canal de Panamá.
En el ámbito económico, los inversores estadounidenses ven al Perú a través del lente de Julio Velarde. Pero con la sombra de una segunda vuelta que amenaza con desmantelar la autonomía del Banco Central, el «milagro peruano» se siente hoy como una historia de fantasmas. La próxima campaña comercial de julio está paralizada; nadie quiere llenar sus inventarios mientras el Sol peruano comienza a tambalearse ante la incertidumbre.
«Perú está comprando tecnología del siglo XXI para su Fuerza Aérea, mientras sus instituciones políticas parecen estar regresando al siglo XIX», resume un analista de riesgo en Nueva York.
Washington reconoce que Perú sigue siendo el puente natural del Pacífico. La compra de los F-16 es una señal de que, a pesar de la retórica, los lazos estructurales con EE. UU. son profundos. Pero los aviones no pueden patrullar la estabilidad institucional.
Si Perú logra sobrevivir a su propio laberinto electoral y mantener sus anclas técnicas —desde los F-16 hasta el Banco Central—, seguirá siendo el eje de la región. Si no, la neblina sobre Lima será tan densa que ni siquiera los radares más avanzados de sus nuevos cazas podrán ver el camino de salida.
La pregunta persiste: ¿Serán los nuevos F-16 el símbolo de un Perú que despega hacia la modernidad, o solo los testigos privilegiados desde el aire de un país que se rompe por debajo?
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