

Lo que parecía un año destinado al estancamiento terminó convirtiéndose en un periodo de recomposición: el impacto del Niño costero fue más acotado de lo previsto, la inflación retrocedió más rápido que en otras economías emergentes y, a mitad del año, el sector minería —siempre impredecible, siempre decisivo— empezó a traccionar la actividad. Los organismos internacionales tomaron nota y revisaron al alza sus expectativas. Proyecciones que hace un trimestre hablaban de crecimientos entre 2,5% y 2,8% ahora contemplan escenarios que pueden superar el 3,3% para 2025, convirtiendo al Perú en un caso regional nuevamente llamativo.
Estas expectativas resaltan aún más porque fueron construidas en paralelo a un clima político incierto. En Perú, política y economía siguen avanzando por carriles separados, al menos en el corto plazo. Una desconexión curiosa que explica por qué las crisis en Palacio no necesariamente se traducen en caídas inmediatas de la actividad, pero que también revela un problema estructural: la economía sigue marchando por la tracción privada mientras el Estado —atrincherado en ineficiencias, corrupción y una ejecución presupuestal mediocre— se convierte en un freno silencioso que debilita el impulso de largo plazo.
Un año que empezó cuesta arriba, pero terminó acelerando
El 2025 se abrió con un entorno desafiante: consumo debilitado, inversión privada en pausa y una confianza empresarial golpeada. Pero el giro comenzó entre el segundo y tercer trimestre del año, cuando los sectores extractivos y el comercio mayorista empezaron a mostrar tasas positivas. Al mismo tiempo, la inflación anual acumulada cayó con fuerza y el empleo urbano avanzó con mayor dinamismo del esperado, especialmente en servicios y construcción. No fue un boom, pero sí un rebote saludable tras un 2024 que dejó a la economía exhausta.
Ese comportamiento permitió que el 2025 se encamine como uno de los años de mayor recuperación post pandemia. La actividad minera, la normalización de proyectos postergados y una mejora gradual del gasto privado se convirtieron en los motores del repunte. Aunque persiste un problema de fondo: la inversión pública sigue siendo baja, errática y vulnerable a la captura política, especialmente en gobiernos regionales y locales donde la corrupción ha vuelto a escalar.
Perú en el mapa regional: vuelve al cuadro de honor
En la región, el panorama económico es desigual. Algunos países sufren correcciones fiscales severas; otros atraviesan ajustes monetarios tardíos o ciclos de incertidumbre electoral. En ese contexto, el Perú aparece como uno de los países con mayor expansión estimada, siendo superado solo por economías como República Dominicana, Panamá y Paraguay, que llevan varios años mostrando dinamismo sostenido.
A continuación, las expectativas regionales de crecimiento para 2025, ordenadas de mayor a menor crecimiento estimado:

El posicionamiento es significativo: el Perú no solo supera el promedio regional, sino que se ubica dentro del top 4 de Latinoamérica, una ubicación que no alcanzaba desde antes de la pandemia.
El tablero mundial: los gigantes emergentes toman la delantera
En el escenario global, las economías desarrolladas continúan creciendo a ritmos más pequeños, arrastrando los efectos de la inflación acumulada y tasas de interés aún elevadas. Son los países emergentes de Asia y África los que tomarán el liderazgo del crecimiento mundial. Este es el listado de las 10 economías con mayor crecimiento proyectado para 2025:

Aunque Perú no está en el top mundial, mantenerse por encima del 3% en un entorno global incierto es un buen resultado, especialmente comparado con sus pares de la región.
Un año político que pudo descarrilarlo todo… pero no lo hizo
El cambio inesperado de presidente y los escándalos de corrupción marcaron la agenda política del año. Lo llamativo es que, en lugar de hundir el ánimo empresarial, solo generaron una pausa moderada. La economía peruana ha aprendido a convivir con la incertidumbre, y los agentes económicos incorporan ese “riesgo político permanente” en sus decisiones. Pero esta resiliencia no es gratis: es una adaptación que posterga reformas, limita la inversión pública estratégica y normaliza la fragilidad institucional.
De hecho, el FMI y el Banco Mundial han advertido en repetidas ocasiones que el crecimiento potencial del Perú —el que realmente importa para cambiar la vida de la gente— está siendo socavado por las fallas de gobernanza, la debilidad regulatoria y la ausencia de planificación estatal.
2026: un año electoral donde la economía se juega su propio destino
El próximo año será electoral y, como ocurre siempre, las campañas presidenciales condicionarán la velocidad de la inversión privada. Si el mensaje económico es moderado, previsible y comprometido con la estabilidad, el Perú podría mantener el ritmo y alcanzar un crecimiento superior al 3%. Pero si la contienda se polariza, si surgen dudas sobre el modelo económico o si se agudiza la confrontación entre poderes del Estado, el rebote actual podría frenarse.
El 2026 no solo será un año electoral: será una prueba. De quién gane dependerá si la economía peruana continúa en modo recuperación, entra en un ciclo de transición ordenada o se enfrenta nuevamente al freno que las inversiones suelen imponer ante la incertidumbre institucional.
Es una prueba
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