

El prestigioso diario ingles The Guardian, advierte que el calentamiento del mar, la vulnerabilidad del recurso y la presión pesquera están poniendo a prueba una de las industrias más importantes del Perú. La primera temporada de 2026 fue cerrada antes de completar su cuota y la posibilidad de cancelar también la segunda mantiene en vilo a armadores, procesadores y compradores internacionales. La decisión aún requiere confirmación oficial, pero el riesgo económico ya merece atención.
La anchoveta peruana es uno de esos recursos cuya importancia resulta mucho mayor de lo que su tamaño permite imaginar. Este pequeño pez, que rara vez llega directamente a la mesa del consumidor, sostiene una cadena industrial que conecta los puertos peruanos con granjas acuícolas, productores de alimentos para animales y fabricantes de suplementos nutricionales en distintas partes del mundo. Más del 90% de la captura se destina a producir harina y aceite de pescado. Cuando la pesca se interrumpe, el efecto no se queda en los barcos: se transmite a las plantas industriales, los empleos, las exportaciones y los precios de los insumos utilizados por otras industrias.
Ese es el escenario que ha llevado al diario británico The Guardian a dedicar un extenso análisis a la vulnerabilidad de la anchoveta frente al calentamiento de las aguas, los episodios de El Niño y décadas de explotación intensiva. El artículo recuerda que la anchoveta peruana ha representado aproximadamente una décima parte de la captura comercial mundial de peces desde 1970. También señala que, en años favorables, el valor de la captura puede acercarse a los US$3.000 millones y que la actividad sostiene decenas de miles de empleos directos.
La dimensión de la crisis actual se entiende mejor al revisar la campaña pesquera de este año. En abril, el Ministerio de la Producción estableció una cuota de 1,9 millones de toneladas para la primera temporada de anchoveta en la zona norte-centro. Sin embargo, en mayo se dispuso una suspensión temporal y, el 10 de junio, se detuvieron las faenas. En agosto, la medida terminó convirtiéndose en el cierre de la temporada, antes de que la flota alcanzara la cuota autorizada. La decisión respondió a las recomendaciones científicas sobre la situación del recurso y la necesidad de proteger a los ejemplares juveniles.
El problema es que la segunda temporada, que normalmente constituye una parte fundamental del abastecimiento anual de la industria, también enfrenta incertidumbre. The Guardian recoge información publicada por medios de Chimbote según la cual podría cancelarse por completo debido a las condiciones oceanográficas y al riesgo para los juveniles.
Sin embargo, al cierre de su artículo, esa cancelación todavía no había sido confirmada oficialmente. Esa precisión es fundamental: el riesgo es real, pero no debe confundirse una advertencia periodística con una decisión formal de PRODUCE.
La dimensión financiera, mientras tanto, ya resulta considerable. Según el análisis del diario británico, el Banco Central de Reserva proyecta una contracción de 30,7% para el sector pesquero en 2026 y una pérdida de alrededor de 78.000 empleos, con otros 44.000 puestos en riesgo en 2027. El mismo artículo calcula que la eventual cancelación de la segunda temporada podría costarle a la economía peruana unos US$1.400 millones. Se trata de estimaciones que deben leerse con cuidado, porque dependen de los supuestos utilizados y del desenlace de la campaña, pero ilustran la escala del riesgo.
El mercado internacional ya está sintiendo la presión sobre la oferta. El artículo reporta que la harina de pescado peruana ha alcanzado precios cercanos a US$3.500 por tonelada, más del doble de los registrados en el mismo periodo del año anterior. Perú ocupa una posición central en este mercado y, en un año promedio, produce alrededor de una quinta parte de la harina de pescado mundial. Si la disponibilidad de materia prima cae de forma pronunciada, los compradores deben competir por un volumen menor, buscar proveedores alternativos o asumir costos más altos.
El efecto puede extenderse a la acuicultura y a la producción de alimentos para animales. La harina y el aceite de pescado aportan proteínas y nutrientes utilizados en diversas formulaciones, especialmente en la alimentación de peces de cultivo. Un encarecimiento sostenido puede elevar los costos de producción de esas empresas y trasladarse, con distinta intensidad, a lo largo de la cadena. Para los exportadores peruanos, una menor disponibilidad también significa menos materia prima que procesar y despachar, aunque el impacto sobre los ingresos dependerá de los precios, los inventarios, los contratos y la evolución de la demanda.
La explicación no se limita a un fenómeno climático puntual. La anchoveta depende de las condiciones creadas por la corriente de Humboldt, que lleva aguas frías y ricas en nutrientes hacia la superficie. Durante un episodio intenso de El Niño, el calentamiento de las aguas altera ese equilibrio y puede reducir el afloramiento de nutrientes que alimenta al plancton. Con menos alimento y cambios en su hábitat, la anchoveta modifica su distribución y reproducción, y la población puede volverse más difícil de capturar. Cuando esas alteraciones ocurren sobre un recurso sometido a una intensa presión pesquera, la vulnerabilidad aumenta.
La gestión de las cuotas y las vedas se convierte entonces en una decisión económica de largo alcance. Cerrar una temporada puede significar pérdidas inmediatas para armadores, tripulantes, plantas procesadoras y comunidades portuarias. Pero mantener la pesca cuando los indicadores biológicos aconsejan detenerla puede comprometer la recuperación del recurso y agravar los problemas de abastecimiento de los años siguientes. El desafío de las autoridades es proteger la biomasa sin ignorar el costo que la paralización impone a una cadena industrial altamente dependiente de la continuidad de las capturas.
El reportaje de The Guardian también plantea una cuestión sobre la estructura del sector. La concentración empresarial y las inversiones de gran escala han aumentado el peso de las grandes compañías en la captura y el procesamiento. En noviembre de 2024, el conglomerado canadiense Cooke Incorporated adquirió Copeinca por US$1.000 millones, según el artículo, y actualmente controla una parte importante de la actividad. Esta concentración significa que las decisiones regulatorias y las alteraciones de la pesca tienen efectos sobre empresas con operaciones y mercados internacionales, además de repercusiones en los pescadores y negocios locales de menor tamaño.
Para el Perú, la prioridad inmediata es conocer el resultado de las evaluaciones científicas y la decisión oficial sobre la segunda temporada. PRODUCE e IMARPE deben ser las fuentes centrales para establecer el estado del recurso, las condiciones del mar y las razones técnicas que determinarán el calendario de pesca. A partir de esa información, el análisis empresarial debe identificar cuánto volumen podrían procesar las plantas, qué inventarios tienen las exportadoras, cómo están evolucionando los contratos y qué impacto se prevé sobre empleo, exportaciones y recaudación.
La anchoveta sigue siendo un activo estratégico para el país, pero la experiencia de 2026 muestra que su importancia comercial no elimina su vulnerabilidad biológica. Una industria capaz de exportar a los principales mercados del mundo depende, en última instancia, de un recurso natural cuyo comportamiento puede cambiar rápidamente. El verdadero desafío será sostener el negocio sin comprometer la base que lo hace posible.
La pregunta ya no es solamente cuánto dejará de vender el sector si se cancela una temporada. Es si el Perú podrá gestionar un recurso cada vez más expuesto a la variabilidad climática y garantizar que la industria siga siendo competitiva en los años en que el mar no ofrezca las condiciones habituales. Esa es la discusión que la crisis de la anchoveta ha llevado a la agenda internacional y que las empresas peruanas no pueden postergar.
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