

El año se inauguró con un dólar firme, por encima de los S/ 3.75 y con episodios cercanos a los S/ 3.90. El impulso no nació en el mercado local, sino en el contexto internacional. Estados Unidos mostraba una economía más sólida de lo esperado y la Reserva Federal mantenía un discurso restrictivo que sostenía la demanda global por el billete verde. En ese entorno, el dólar siguió siendo refugio y el sol observó desde la retaguardia.
El punto de quiebre llegó en el segundo trimestre. El Perú empezó a recibir dólares en cantidades que el mercado no podía absorber sin ajustar precios. Las exportaciones marcaron uno de los mejores desempeños de las últimas décadas, impulsadas tanto por mayores volúmenes como por precios internacionales favorables. El cobre y el oro se cotizaron en niveles elevados, mientras que las agroexportaciones —con arándanos, uvas, paltas, café y cacao a la cabeza— alcanzaron récords históricos y consolidaron al país como proveedor global clave.
Cada dólar que ingresaba presionaba el tipo de cambio a la baja. A ello se sumó la venta estacional de divisas por parte de empresas que necesitaban soles para cumplir obligaciones tributarias y, de manera menos visible, el ingreso de dólares vinculados a exportaciones de oro de origen informal o ilegal, que, aun fuera de las estadísticas completas, incrementan la liquidez en moneda extranjera.
El contexto internacional terminó de inclinar la balanza. En 2025, los términos de intercambio del Perú mejoraron de manera significativa: los precios de exportación subieron más rápido que los de importación. Este diferencial fortaleció el superávit comercial y redujo la demanda neta de dólares. El resultado fue una apreciación sostenida del sol que llevó al tipo de cambio hasta niveles cercanos a S/ 3.50 durante el tercer trimestre, sorprendiendo a más de un analista.
La apreciación cambiaria no pasó desapercibida. Por un lado, ayudó a contener la inflación importada y a reforzar la estabilidad de precios en un contexto todavía sensible para el consumo. Hogares y empresas con deudas en dólares vieron reducirse su carga financiera, ganando oxígeno en sus balances. Pero el fortalecimiento del sol también tuvo un costo: algunos exportadores, en especial los no tradicionales, comenzaron a sentir la pérdida de competitividad cambiaria, encendiendo alertas sobre la sostenibilidad del movimiento.
Ante la velocidad de la apreciación, el Banco Central de Reserva actuó con su estrategia habitual: no intentó cambiar la tendencia, pero sí suavizarla. Las compras de dólares buscaron evitar desalineamientos excesivos del tipo de cambio real y preservar el equilibrio macroeconómico.
Hacia el último trimestre, otros factores comenzaron a inclinar la balanza. La proximidad del ciclo electoral de 2026 elevó la demanda preventiva de dólares, mientras que los flujos corporativos propios del cierre de año —importaciones, pagos de dividendos y servicio de deuda— aumentaron la presión sobre el mercado cambiario. Tras una caída pronunciada, el dólar inició una recuperación parcial, más técnica que emocional.

Diciembre cerró con un tipo de cambio lejos de los extremos del año. El dólar no recuperó los máximos de enero, pero tampoco repitió los mínimos del invierno. El mensaje fue claro: el mercado cambiario peruano respondió a fundamentos reales y a flujos concretos, no a sobresaltos.
El 2025 dejó una lección valiosa. Cuando exportaciones, precios internacionales y términos de intercambio se alinean, el dólar deja de ser una amenaza y se convierte en un reflejo de la posición externa del país. No fue un año de control cambiario, sino de equilibrio construido.
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