Perú desperdicia su Generación productiva: 330 mil jóvenes ‘ninis’, mientras la economía pierde S/. 13,780 millones

Pero existe un dato todavía más inquietante: ocho de cada diez ninis ni siquiera buscan empleo. Son los llamados nininis, jóvenes que han quedado desconectados tanto del sistema educativo como del mercado laboral. La situación afecta especialmente a las mujeres, que representan más del 60% de este grupo. Las responsabilidades domésticas y de cuidado constituyen una de las principales barreras para su incorporación al trabajo remunerado.
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El deterioro del empleo juvenil revela una falla estructural del modelo de crecimiento peruano. Los jóvenes enfrentan más desempleo, informalidad y barreras para acceder a su primer trabajo, mientras crece el número de quienes no estudian ni buscan oportunidades laborales.

Una generación que pierde espacio

El Perú tiene un problema que las cifras generales de crecimiento económico no consiguen ocultar: su juventud está perdiendo terreno en el mercado laboral. Mientras la economía intenta consolidar su recuperación y las empresas buscan mejorar sus niveles de productividad, cientos de miles de jóvenes permanecen fuera del circuito de oportunidades. No se trata únicamente de personas que no encuentran trabajo. También hay una proporción creciente que ha dejado de buscarlo, no consigue continuar sus estudios o carece de recursos para desarrollar las habilidades que demanda el sector productivo.

Los cálculos del Instituto Peruano de Economía (IPE) revelan la dimensión del problema. Entre julio de 2025 y junio de 2026 había aproximadamente 330 mil jóvenes de 15 a 29 años ocupados menos que en 2019. El empleo juvenil acumula tres años consecutivos de retroceso y su tasa de desempleo alcanza el 8,1%, equivalente a 2,5 veces la registrada entre los mayores de 30 años. Además, la ocupación juvenil disminuyó en 18 de las 28 principales ciudades del país.

La economista del IPE Paola Herrera y el investigador Miguel Jaramillo identificaron entre las causas la falta de experiencia, la desconexión entre formación educativa y demanda empresarial y las dificultades para encontrar puestos que ofrezcan remuneraciones suficientemente atractivas.

El problema es más profundo que una desaceleración coyuntural. El mercado está dejando de incorporar a una parte importante de la nueva generación de trabajadores.

Los ninis: el costo de una oportunidad perdida

La otra cara de esta crisis es el crecimiento de los jóvenes que no estudian ni trabajan, conocidos como ninis. Según la OCDE, con información correspondiente a 2025, el 19% de los jóvenes peruanos de 15 a 29 años pertenece a esta categoría, una proporción superior a la registrada en Chile, Brasil y México. El INEI, por su parte, contabiliza un incremento de 91 mil jóvenes en esta condición respecto de 2019.

Pero existe un dato todavía más inquietante: ocho de cada diez ninis ni siquiera buscan empleo. Son los llamados nininis, jóvenes que han quedado desconectados tanto del sistema educativo como del mercado laboral. La situación afecta especialmente a las mujeres, que representan más del 60% de este grupo. Las responsabilidades domésticas y de cuidado constituyen una de las principales barreras para su incorporación al trabajo remunerado.

Esta exclusión tiene una dimensión económica considerable. El IPE estima que, si estos jóvenes pudieran incorporarse al mercado laboral, generarían ingresos por al menos S/13.780 millones anuales en un escenario conservador, equivalente al 1,1% del PBI de 2025. Bajo un escenario de remuneraciones similares al promedio de jóvenes de su edad y sexo, el potencial alcanzaría S/23.200 millones, alrededor del 1,9% del producto.

No significa que ese monto pueda sumarse automáticamente al PBI, sino que representa una estimación del ingreso laboral que el país deja de generar por la falta de incorporación productiva de esta población.

La conclusión es contundente: el Perú no solamente pierde oportunidades individuales. También está renunciando a una fuente importante de ingresos, consumo, productividad y crecimiento económico.

La informalidad: trabajar sin construir un futuro

Conseguir empleo tampoco garantiza una salida de la precariedad. Según el IPE, el 76% de los trabajadores de entre 15 y 29 años se desempeña en condiciones de informalidad, frente al 66% de los adultos de 30 a 60 años. La situación es todavía más grave entre los menores de 25 años: RPP, sobre la base de información del INEI, reportó que el 84% de los jóvenes ocupados de ese grupo tenía un empleo informal entre julio de 2025 y junio de 2026.

Esto significa que la mayoría comienza su vida laboral sin estabilidad, beneficios sociales, protección frente a contingencias ni posibilidades claras de desarrollar una carrera profesional.

Incluso quienes consiguen ingresar a una empresa formal enfrentan riesgos de retroceso. El IPE señala que uno de cada cinco jóvenes con empleo formal pasó a la informalidad de un año a otro entre 2022 y 2025. Asimismo, uno de cada seis jóvenes ocupados salió del mercado laboral de un año al siguiente.

El resultado es un círculo difícil de romper: sin experiencia no consiguen empleo formal; sin empleo formal no acumulan experiencia reconocida, capacitación ni protección social.

Educación y empresas: dos mundos que no se encuentran

Una de las mayores debilidades del mercado laboral peruano es la desconexión entre lo que enseñan las instituciones educativas y lo que necesitan las empresas. El país sigue formando profesionales y técnicos sin información suficiente sobre las oportunidades reales de empleo, las remuneraciones de las distintas especialidades y las competencias que demandan los sectores con mayor potencial de crecimiento.

El problema se refleja en un dato significativo: el IPE estima que el 55% de los egresados universitarios de entre 25 y 35 años trabaja en ocupaciones que no requieren estudios superiores. A ello se suma que el 24% de los ninis menores de 25 años no continúa estudiando por problemas económicos.

La expansión de la educación superior, por sí sola, no garantiza empleabilidad. Se necesita una mejor orientación vocacional, formación técnica pertinente, certificación de competencias y una mayor participación empresarial en los procesos educativos.

La formación dual, que combina aprendizaje en las aulas con experiencia práctica en las compañías, debería convertirse en una prioridad. También resulta necesario ampliar las prácticas formativas, los programas de aprendices y los mecanismos de capacitación en el puesto de trabajo.

En octubre, el Gobierno anunció una iniciativa para articular los ministerios de Educación y Trabajo, con el objetivo de conectar la formación técnica impartida en los últimos años de secundaria con las bolsas de empleo. Es una dirección adecuada, pero su eficacia dependerá de que se traduzca en convenios empresariales, certificaciones y puestos concretos, y no quede reducida a un anuncio administrativo.

Inteligencia artificial: una nueva amenaza y una oportunidad

A las dificultades estructurales se suma un cambio que transformará el mercado laboral: la inteligencia artificial generativa. De acuerdo con estimaciones del IPE, el 29% de los jóvenes ocupados trabaja en puestos cuyas tareas podrían verse afectadas por esta tecnología, la mayor proporción entre los grupos de edad.

El desafío es doble. Por un lado, las empresas necesitarán trabajadores capaces de utilizar herramientas digitales, analizar información y adaptarse a procesos automatizados. Por otro, los jóvenes que ingresen al mercado sin competencias tecnológicas podrían encontrar todavía más dificultades para competir por empleos de calidad. La respuesta no puede ser frenar la innovación. El país necesita acelerar la capacitación digital, fortalecer la educación técnica y preparar a los trabajadores para actividades de mayor valor agregado.

El costo de la inacción política

El problema del empleo juvenil exige una respuesta que trascienda los programas temporales y las promesas de campaña. El Ejecutivo había incluido medidas para facilitar la transición de la educación al empleo formal, mejorar la orientación vocacional, promover el acceso al financiamiento educativo y generar oportunidades de experiencia laboral dentro de su pedido de delegación de facultades. Sin embargo, el Congreso rechazó su incorporación.

El país necesita un programa integral que combine incentivos temporales a la contratación formal de jóvenes, formación dual, créditos y becas para carreras vinculadas con la demanda productiva, servicios de intermediación laboral y una legislación más sencilla para las pequeñas empresas.

También debe involucrar directamente al sector privado. Las compañías necesitan asumir un papel más activo en la formación de nuevos trabajadores, identificar las competencias que requieren y abrir espacios para quienes todavía no tienen experiencia.

El Perú tiene una ventana de oportunidad que no puede desperdiciar. Su crecimiento futuro dependerá de elevar la productividad, diversificar su estructura económica y desarrollar capital humano. Pero difícilmente conseguirá esos objetivos si una parte importante de su población joven permanece fuera de las aulas y de los empleos formales. Los 330 mil empleos juveniles que faltan respecto de 2019 y los miles de millones de soles en ingresos potenciales que el país deja de generar constituyen una advertencia económica y política.

La pregunta ya no es cuánto cuesta crear oportunidades para los jóvenes. La pregunta es cuánto más le costará al Perú seguir negándoselas.

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Miguel Ángel Hurtado
Analista Financiero
Experto en ciencias Económicas y Financieras con estudios de Postgrado en la Universidad del Pacífico. Amplio conocimiento y experiencia en periodismo especializado como Editor de Economía y Negocios, y Director de Tecnología, en medios de comunicación -nacionales y extranjeros- de primer nivel. Consultor en Bolsa y Finanzas y Estrategia Comunicacional.

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